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  • por pobrecito hablador el Lunes, 17 Abril de 2006, 11:40h (#728870)
    Suelo toparme cada tanto con algún hombre de izquierdas que en la ceremonia del vistazo al estado de las cosas, señala con desprecio a socialistas e izquierdistas unidos y vencidos, y añade: “Bueno, si es que a eso (y liquidiza la ese como si fuera caca) se le puede considerar izquierdas, claro”. A veces incluso lo dicen en francés: la soi disant izquierda. Dado que son hombres atormentados, evito causarles más problemas y me silencio. Pero amarga la verdad y hay que echarla de la boca. Entre las características más sobrenaturales de la izquierda está su almario. Su reserva espiritual. Allí se resguardan del inexorable principio de la realidad. No sucede lo mismo con la derecha, claro. Aún no se ha visto a ningún catón despreciar a los suyos con un rictus: “Si es que a esto puede llamársele derecha…” Las gentes de derechas pueden estar o no de acuerdo con determinadas decisiones o estrategias que tomen sus partidos en el mundo. Pero nunca niegan la mayor. Es decir, la deslegitimación esencialista. Las purgas, claro, ahora lo veo. Sería inútil que se le preguntara a alguno de estos descontentos: ¿Y bien, dove? ¿Dónde esta la izquierda, entonces? ¿En el pasado de una ilusión? ¿En la Cuba castrista? ¿En la China transaccional? ¿En la ecología de las Farc? ¿En el adán Evo? La condición del juego es que nunca esté localizable. La izquierda es una llamada perdida. Y por tanto con la posibilidad de ser siempre invocada.

    Esta es la izquierda realmente existente en todas sus modalidades, y para todos los tiempos que un demipoint como yo y mis interlocutores podemos hacernos la ilusión de vislumbrar. Y sin embargo, ante la deriva, el izquierdista improbable apela a la traición. A los principios vulnerados. Incluso a los socialdemócratas (y ya no hablemos de los que sestean mientras tanto llega la revolución) siempre les queda ese recogimiento sepulcral. Tras las experiencias de todos conocidas (y ya no hablemos de las experiencias por conocer) la respuesta suena tan irrisoria y patética como si la lengua le dijera al habla: ¡Eh, tú, zorra, que me traicionas!
    [ Padre ]
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