Esas posturas tan radicales frente a ciertas opiniones no comunes me recuerda bastante al positivismo lógico.
De siempre he pensado que es de sabios respetar las opiniones de todo el mundo. De cualquiera de ellas siempre se puede aprender algo. Y además, me parece que cuestionar la respetabilidad de las opiniones tiene poco que ver con el escepticismo.
Por un lado, no respetar un opinión ajena es equiparable a situarse por encima de ella. Además, ¿quién decide que opiniones son respetables y cuáles no?
En la historia se han dado muchos casos en los que personajes de reconocido prestigio quedaban en el mayor de los ridículos al criticar opiniones aparentemente poco respetables (por no decir absurdas), que luego demostraban ser correctas.
El ejemplo más claro es el comentario que el astrónomo Simon Newcombe realizó acerca del proyecto de los hermanos Wright para construir una máquina para volar. Simon dijo textualmente:
«Volar con máquinas más pesadas que el aire no es práctico y resulta insignificante, si es que acaso no es imposible.»
Poco tiempo después, una fría mañana de diciembre de 1903, los hermanos Wright demostraban que se podía volar con máquinas más pesadas que el aire, dando origen a la auronáutica.
Sobre este suceso puede obtenerse más información en cualquier libro de historia medianamente decente, y porqué no, también aquí mismo.
Respecto a las opiniones de Manuel Toharia y Fernando Savater, ya mencionadas de pasada en algunos comentarios, ¿quién decide que son correctas? ¿Ellos mismos? ¿Sus colegas?
En ningún caso digo que estén equivocados, ni tampoco que no lo estén. No es una cuestión que me preocupe discutir ahora.
Sin embargo, creo que generalmente se entienden cosas distintas por escepticismo y por espíritu crítico.
El escepticismo no es más que negar todo aquello que no resulte evidente, o se deduzca de cosas evidentes.
El espíritu crítico, por su parte, no descarta a priori ninguna opinión. De hecho, al utilizar un espíritu crítico, lo que hacemos es analizar las opiniones, pudiendo así descubrir si son válidas, inválidas o indecidibles. (Si alguien no comprende bien el concepto de indecibilidad, puede repasar el descubrimento de Kurt Gödel, por ejemplo, aquí).
Creo que esta segunda opción me gusta más, pues permite descubrir partes de verdad donde no sospechábamos en principio que las hubiera, así como eliminar partes falsas que en principio habíamos considerado como verdaderas.
En fin, hace tiempo leí en un libro una adaptación del principio de tolerancia de Carnap. Decía algo así:
«En vez de tratar de demostrar que tu oponente se equivoca, trata de descubrir en qué sentido puede tener razón.»
Creo que se podría realizar una adaptación al tema que estamos debatiendo. Sería más o menos esto:
«En lugar de considerar las opiniones de los demás como falsas, trata de descubrir en qué partes son verdaderas (y por tanto respetables.)»
Creo que esta frase resume bastante bien lo que quiero expresar.
Sobre la respetabilidad de las idioteces
(Puntos:1)( http://barrapunto.com/ )
De siempre he pensado que es de sabios respetar las opiniones de todo el mundo. De cualquiera de ellas siempre se puede aprender algo. Y además, me parece que cuestionar la respetabilidad de las opiniones tiene poco que ver con el escepticismo.
Por un lado, no respetar un opinión ajena es equiparable a situarse por encima de ella. Además, ¿quién decide que opiniones son respetables y cuáles no?
En la historia se han dado muchos casos en los que personajes de reconocido prestigio quedaban en el mayor de los ridículos al criticar opiniones aparentemente poco respetables (por no decir absurdas), que luego demostraban ser correctas.
El ejemplo más claro es el comentario que el astrónomo Simon Newcombe realizó acerca del proyecto de los hermanos Wright para construir una máquina para volar. Simon dijo textualmente:
«Volar con máquinas más pesadas que el aire no es práctico y resulta insignificante, si es que acaso no es imposible.»
Poco tiempo después, una fría mañana de diciembre de 1903, los hermanos Wright demostraban que se podía volar con máquinas más pesadas que el aire, dando origen a la auronáutica.
Sobre este suceso puede obtenerse más información en cualquier libro de historia medianamente decente, y porqué no, también aquí mismo.
Respecto a las opiniones de Manuel Toharia y Fernando Savater, ya mencionadas de pasada en algunos comentarios, ¿quién decide que son correctas? ¿Ellos mismos? ¿Sus colegas?
En ningún caso digo que estén equivocados, ni tampoco que no lo estén. No es una cuestión que me preocupe discutir ahora.
Sin embargo, creo que generalmente se entienden cosas distintas por escepticismo y por espíritu crítico.
El escepticismo no es más que negar todo aquello que no resulte evidente, o se deduzca de cosas evidentes.
El espíritu crítico, por su parte, no descarta a priori ninguna opinión. De hecho, al utilizar un espíritu crítico, lo que hacemos es analizar las opiniones, pudiendo así descubrir si son válidas, inválidas o indecidibles. (Si alguien no comprende bien el concepto de indecibilidad, puede repasar el descubrimento de Kurt Gödel, por ejemplo, aquí).
Creo que esta segunda opción me gusta más, pues permite descubrir partes de verdad donde no sospechábamos en principio que las hubiera, así como eliminar partes falsas que en principio habíamos considerado como verdaderas.
En fin, hace tiempo leí en un libro una adaptación del principio de tolerancia de Carnap. Decía algo así:
«En vez de tratar de demostrar que tu oponente se equivoca, trata de descubrir en qué sentido puede tener razón.»
Creo que se podría realizar una adaptación al tema que estamos debatiendo. Sería más o menos esto:
«En lugar de considerar las opiniones de los demás como falsas, trata de descubrir en qué partes son verdaderas (y por tanto respetables.)»
Creo que esta frase resume bastante bien lo que quiero expresar.