¿Auguraban ustedes un mal fin para el negocio de
Justo?. Pues no se equivocaron. Pero la cosa no fue mal por lo que ustedes suponen. A menos que tengan verdadera imaginación, lo que puede ocurrir
... pero no creo que sea el caso. ¿Qué pasó
realmente? Este gato se dispone a contárselo.
El descabellado proyecto de Justo acabó por ponerse en marcha. Y al principio la cosa iba un poco despacio. Alguno de los clientes no pudo consumar y reclamó, pero todo se arregló cuando le devolvieron el dinero. Justo añadió una condición más en los contratos y, en lo sucesivo, y pronto se hizo con una clientela fiel que iba acudiendo con mayor o menor asiduidad. Incapaz de dominar su imaginación, Justo comenzó a plantear el 'how to' de diferentes variantes de servicio sexuales por parte de las cerdas, que él bautizó como
cerdvicios. Así concibió los numeritos lésbicos, por el simple procedimiento de untar con una mezcla de vino y melaza la vulva de las cerdas que habían sido mantenidas en ayuno durante unas doce horas. Lo crean o no, funcionó: cada vez que la preparaba, allá que la parejita se lanzaba tan contenta a practicar su particular '69'. Por desgracia, este número no estimulaba lo bastante a la clientela cerdófila y hubo de ser abandonado. Más éxito tuvo el 'ménage à trois': dos cerdas para un cliente. Y tenía bastantes partidarios, a pesar de ser el doble de caro. Claro que
la clientela de Justo fue yendo también en aumento, de modo que pronto tuvo a una docena de
chicas trabajando a pleno rendimiento, lo que no llegó a ser suficiente: el negocio, en menos de un año, pasó a contar con 31 cerdas perfectamente adiestradas. De ellas, tres estaban destinadas exclusivamente a caprichosos que no deseaban compartirlas con nadie más. Uno de esos clientes exigía en cada ocasión los servicios de un cosevirgos (el mismo Justo, claro) que renovara la virginidad de su 'partenaire'. Otro de ellos, un exultante pontentado, un tipo vital, simpatiquísimo, expansivo, absolutamente encantador, era reconocido por su
chica en cuanto llegaba. El recibimiento que le dedicaba era digno de verse, ya que ella, excitadísima, comenzaba a trotar arriba y abajo en su corralito emitiendo gruñiditos y chillidos de satisfacción. Toda una fiesta.
La primera señal de que nada en la vida es para siempre, y que la felicidad dura menos que nada, vino para Justo un día en que él proponía a un joven colega, un contrato como veterinario ayudante. Y ocurrió que uno de sus mejores clientes tuvo el capricho de probar el coito anal con su marranita. La extracción del dispositivo anorrectal no fue difícil (sujetar el borde y tirar de la anilla central). En un primer momento, la cerdita lo agradeció. La cosa cambió cuando el cliente, un sujeto bien dotado, intentó la maniobra de penetración. Sin embargo, ella, sujeta por el arnés, no tenía escape y salvo chillar (¡y cómo!) no pudo hacer nada que impidiera la nueva iniciativa. Aquí es menester explicar algunos detalles. Las cópulas anales deben realizarse preferiblemente, despacio, con lubricación extra y con protección de látex. Los actores porno no la usan, pero es que previamente realizan una limpieza rectal rigurosa, cosa sencilla para una mujer pero no tanto para una cerda. Las consecuencias de la cópula anal 'sucia', cuando las hay, incluyen las de infección de la próstata. Una cópula anal salvaje con una cerda que no coopera supone un riesgo máximo. El trajín que se llevaba la parejita provocó dos reacciones anómalas: una vigorosa contracción rectal expulsiva (ella) y una eyaculación retrógrada (él). Fue así como la próstata se vio inundada por una cantidad importante de purines de cerda.
¿Tienen ustedes idea de la clase de gérmenes que frecuentan el intestino grueso de los cerdos? No, en efecto, no son buena gente. Y comprenderán que el usuario notara de inmediato que algo no marchaba bien. En realidad, en pocos minutos el hombre deliraba de fiebre y era incapaz de mantenerse en pie. Casi sobrepasado por la situación, Justo acertó a meterlo en un coche y a llevarlo a un hospital, donde fue reconocido como obispo de una confesión muy minoritaria, por una de sus fieles, a la sazón doctora adscrita al servicio de urgencias.
El equipo médico, asombrado ante las explicaciones de Justo e incapaz de decidir si se trataba de un caso digno de parte judicial, permitió irse al veterinario sin tener la precaución de identificarle. Creo que la curación del obispo y el discreto mutis de Justo le salvó de más indagaciones. Aquí es donde cualquier persona sensata lo hubiera dejado. Pero él no. Él no es capaz de reconocer un Aviso del Destino. Tres semanas después un cincuentón obeso y salaz, con bigote y perilla, calvo, de nariz aguileña, ojos negros saltones y labios húmedos, era sorprendido por uno de los empleados en pleno
cerdvicio. Estaba arrodillado y su miembro había penetrado profundamente en la vagina de una cerda, que chillaba desesperada y se movía de adelante hacia atrás, buscando terminar con la cópula. Él estaba inmóvil, con los ojos muy abiertos y se bamboleaba pasivamente empujado y traccionado por la cerda. Estaba muerto pero, como ocurre con los ahorcados, la agonía sólo había servido para aumentar su erección y las sujeciones del arnés, entre las que estaba como encajonado, habían mantenido su cuerpo vertical, sin dejarlo caer. Debía de llevar más de media hora muerto, doblemente erecto y sin dejar de moverse ni de golpearse contra las tablas del encajonamiento. Esta vez el cliente perjudicado era un muftí o un emir, un clérigo musulmán de los más integristas, representante oficial de un sultanato o emirato petrolero fabulosamente rico. La cosa estuvo a punto de saberse, pero no los gurús de la alta diplomacia impidieron que trascendiera a la prensa. Justo tuvo de salir de naja y perderse durante una temporada, larga, larga, hasta que todo se olvidó.
Este fue el abrupto final de un bello y apasionado romance entre distintas especies. Creo que se perdió una gran oportunidad para avanzar en el hermanamiento entre mamíferos. Sin embargo estoy seguro de ustedes, demasiado amantes del jamón, no lo sentirán demasido.
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o00o
Oo
Pues es una pena que terminase asi
(Puntos:1)( http://sapristi.org/ | Última bitácora: Lunes, 13 Febrero de 2006, 20:38h )
Yo de echo, si fuera Justo, reconvertiría esta lucrativa empresa en una en la que se ofreciese los servicios sexuales de gallinas jóvenes, como antaño hacían nuestros abuelos, que no esta tan mal visto como el sexo con cerdos, ya que este primero, forma parte de la historia reciente de España. :P
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"Barrapunto ya no es lo que era"
Ahí queda eso [sapristi.org]