Hoy se ha ido sin rendir cuentas ante el tribunal internacional encargado de juzgar por genocidio a los líderes supervivientes del Jermer Rojo, el grupo radical maoísta que gobernó Camboya entre 1975 y 1979, tras un golpe de Estado.
Encarcelado en la prisión militar de Phnom Penh desde 1999 y acusado formalmente de crímenes contra la humanidad en febrero del año 2002, ha muerto como cualquier otro anciano de 82 años, en la cama de un hospital por problemas respiratorios, aunque su pasado sangriento le augurase, quizá, otro final.