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El 12 de Agosto de 1982 a Santiago Tianguistenco y a México la carretera les arrebató no solo un par de puños demoledores, sino a un boxeador elegante y técnico, potencialmente destinado a ser el mejor de todos los tiempos. Salvador Sánchez ni siquiera alcanzo la edad límite de los mitos, ese cáustico vigésimo séptimo cumpleaños. Solo 23 años, que este joven peso pluma con menos de cincuenta peleas profesionales sobre sus pómulos, ofrendo a la velocidad y a la tragedia Hoy tal vez su memoria posea el mismo estado descuidado y ultrajado de su tumba ubicada en la versión local de hombres ilustres tan manoseada por el toqueteo de los conceptos. Aquel 12 de agosto permanece aun tembloroso en una bruma desorganizada de imágenes de mi infancia. Recuerdo la mano de mi madre en un mercado con piso de cemento húmedo y con olor a carne, lleno de flores y señoras vendiendo huaraches. Un apretado y verde suéter de muñecos rojos con la capucha chorreante por el eterno chipi-chipi del pequeño poblado y los puestos llenos de gente sonriente, quizás por la sensación de que el ídolo local andaba cerca. Salvador Sánchez carecía de contrincante de su peso en el heroísmo deportivo de la región, por lo cual los santiagueños al igual que la afición boxística de todo el país y la residente en gringolandia glorificarían aquel 21 de agosto anterior cuando Sal. Sánchez levantaba el brazo de toda una Nación al noquear al puertorriqueño Wilfredo Gómez que había perforado la endémicamente frágil autoestima Mexicana, con sus declaraciones pedantes amparadas en la desmedida superioridad del boricua sobre los pugilistas mexicanos. Lo voy a despedazar y a arrebatarle su trono había dicho, aquel agrandado campeón supergallo, antes de ser convertido en un bulto sanguinolento por la pulcra técnica y el gran pegue del oriundo de Santiago Tianguistenco con melena a media afro. Corrían los tiempos oscurantistas de la dictadura interminable del Chapulín Colorado y otros antihéroes baratos varios, pero al fin nacía un defensor real del honor, poseedor de un gran carisma y aguante. El día de su muerte, mí familia y yo fuimos a conocer la pequeña ciudad aventurándonos unos kilómetros del rancho de mi tía: incoherente propiedad de descanso para citadinos y con alberca techada, ubicado en los derredores de la lluvioso y helado Capulhuac. Al salir del pequeño mercado caminamos un tramo que mi percepción adulta es incapaz de convertir a los pies de un niño. Vi mesas con clavos salientes con longaniza verde y colorada colgante ignorando paredes empapeladas, autos estacionados y amenaza de niebla entre el persistente aroma de la lluvia. De pronto alguien dijo: Salvador Sánchez y mi madre tomó con fuerza mi brazo y corrió rumbo a un bello Porshe (lo supe tras la noticia) para observar de cerca al ocupante. Sal Sánchez con la portezuela abierta acostumbrándose a la popularidad ganada a pulso, nos regalo una amplia sonrisa, indiferente a la decepción de mi Madre, que pensaba que se trataba de Salvador Pineda, un actor de medio pelo muy famoso en aquel entonces y no tuvo empacho en manifestar su desencanto en voz alta. La anécdota fue festejada por mi padre (asiduo aficionado al boxeo} durante toda la tarde mientras los niños lanzábamos ganchos al aire, pisoteando las plantas de mi furibundo tío. Al día siguiente la radio manifestaba la pena que embargaba a su amado poblado y a nuestra nación. Se ha muerto el ídolo, se ha muerto el campeón, gemían los locutores y a mi madre y a mi nos perseguía un callado escalofrió de azoro y pertenecía aunque solo fuésemos unas mas de las muchas personas que le vieron en su ultimo día. Sensación que pude identificar con los años al visitar intempestivamente en mi mente aquel recuerdo. Ya por la noche del 13 de agosto yo corría indiferente de nuevo entre las plantas mientras un desgarrado Santiago Tianguistenco se volvía la cuna de una Leyenda