Ayer estuve en la conferencia que pronunció en Madrid el gran
Martínez de Sousa, probablemente la máxima autoridad en
ortotipografía (y en las técnicas del libro en general) en todo el ámbito hispánico. Me había avisado él mismo que venía, pues gozo del raro privilegio de su amistad.
La conferencia tuvo lugar en el magno
salón de actos del
Ateneo de Madrid, esa institución abierta y liberal, luego republicana, que en sus
casi dos siglos de antigüedad ha tenido como socios y animadores de sus tertulias a las mejores mentes de este país, desde Unamuno a Azaña, desde Valle-Inclán al Duque de Rivas, desde el Conde de Romanones a Cánovas, tal y como atestiguan los retratos de muchos de ellos expuestos en el propio Salón, ayer lleno hasta los topes.
Además de inaugurar el curso sobre edición
"De la palabra al libro", centrado en la parte menos conocida de los profesionales de la edición, es decir, el de correctores, traductores, redactores y documentalistas, recibió la medalla al mérito, la máxima distinción que otorga el Ateneo. El Ateneo, por cierto, aprovechó el evento para solicitar formalmente que Sousa sea propuesto a académico de la RAE.
Su conferencia versó precisamente sobre la RAE: hizo un recorrido a lo largo de los casi tres siglos de historia de la Real Academia (se cumple el tercer centenario dentro de seis años). Explicó el enorme trabajo que realizó la RAE en su primer siglo de existencia, normalizando la escritura y elaborando el que es probablemente todavía el mejor diccionario en español, el llamado
"de autoridades".
Sousa sin embargo es muy crítico con la labor de la Academia actual ya que, en su opinión, además de la falta de rigor en muchas de sus soluciones, se ha priorizado el nombramiento de académicos "mediáticos" más que profesionales de la lengua. En su opinión, la RAE ha desviado de su función pública y normativa, para convertirse en una factoría de obras en la última década, todas ellas normativas y contradictorias entre sí, que han sumido al público en la confusión. Ello se debe a que varias obras se ocupan del léxico (el diccionario de dudas, el diccionario esencial, el del estudiante, el usual...) y lo mismo sucede con la ortografía (hay ortografía en el DPD y por supuesto en la Ortografía), y no siempre son consistentes entre sí. ¿A cuál debe hacerse caso, si todas ellas son
normativas? Considera, y coincido con él, que la Academia debería dedicarse exclusivamente a mantener sus tres
patas fundamentales (la gramática, la ortografía y el diccionario) de forma consistente y dejar todas las obras "satélites", elaboradas a partir de esas tres patas, a las editoriales (diccionarios escolares, de uso, de dudas, etc.).
Ya al margen de la conferencia, una última reflexión: la informatización ha transformado por completo las técnicas con las que se elaboran los libros, desde las viejas
minervas a las actuales estaciones de trabajo. Han desaparecido oficios con siglos de antigüedad (como el
cajista o tipógrafo), otros se han reciclado (como el corrector) y han aparecido otros nuevos (como el diseñador gráfico). El cambio ha sido muy rápido, en apenas dos décadas, lo que ha hecho que se corra el riesgo de perder toda la sabiduría de las artes gráficas, con siglos de tradición y de conocimiento de las técnicas de composición tipográfica. Sousa, tipógrafo a la vieja usanza, sabio autodidacta, último conocedor del arte de la vieja tipografía, y de todo el proceso de la imprenta, se recicló en su momento y conoce también las técnicas de autoedición actual, basadas en los ordenadores, lo cual le convierte en una referencia privilegiada entre el pasado y el presente de las artes gráficas.